2025: Barcelona para siempre

Volver a casa: Verano 2024

Tras haber pasado los últimos años viviendo y trabajando en Taiwán, por fin, el pasado junio volví a Barcelona, mi ciudad natal. Nunca más saldré de mi país, nunca más subiré a un avión. Esa era y es mi determinación. He vuelto para quedarme.

Las últimas semanas en el extranjero no las pasé en Taiwán sino en Filipinas. A pesar de que Taiwán se venda en los medios como un pequeño y moderno país en el que se fabrican los superprocesadores y microchips que mantienen al mundo actual en marcha, cosa que no niego, también es verdad que la ciudad en la que yo estuve viviendo, Tainan, que es considerada la ciudad más antigua de Taiwán, no tiene nada de futurista ni de microchips. Más bien lo contrario. Mis quejas tras vivir tres años allí las podéis ver aquí. Filipinas no me dio una mejor impresión. No fue un viaje a playas paradisíacas, tenía que resolver unos trámites burocráticos y cuando los acabé pude volver a Barcelona. Echaba de menos a mis hijos, ya que ellos habían vuelto a Barcelona casi un año antes que yo y al resto de mi familia; también a mis amigos.

Al llegar al aeropuerto de Manila para coger el avión estaba temblando, no me lo podía creer: mi espera había terminado. Llegar al aeropuerto de mi ciudad y que mi madre me estuviese esperando, como cuando volvía de Alemania, donde estudié filosofía a principios de los dos mil, fue muy bonito. Me dieron ganas de llorar, pero me contuve.

El impacto de haber llegado a Barcelona fue monumental: las calles limpias y con aceras, los edificios bonitos, el tráfico más seguro, la posibilidad de tirar la basura cuando quieras, los Ferrocarrils de la Generalitat, el autobús, los mercados, los supermercados. Los primeros días fueron como un sueño. Barcelona me dejó perplejo, maravillado, boquiabierto. Durante los primeros dos meses de estar aquí comí jamón serrano o ibérico cada día. Cada día. Es ilegal entrar carne a Taiwán, por lo que no me podían enviar jamón por correo. Y el jamón que venden en las tiendas, en Tainan sólo en Carrefour y alguna tienda pequeña especializada, es el de peor calidad. Vivir sin acceso al jamón ibérico y resto de embutidos españoles es vivir una vida peor. Tampoco es fácil encontrar queso de calidad.

En verano, poco después de terminar el curso escolar, mi hija fue durante un par de semanas a una academia de dibujo en el Eixample. Qué placer acompañarla en el metro, tomarme un Cacaolat y un bocadillo de bull blanc, leer un libro mientras esperaba que acabase sus clases. Qué placer pasear por esa zona para hacer tiempo, escuchar a gente hablar catalán por la calle, en vez de tener que poner mis DVDs de Bola de Drac para que mis hijos no se olvidasen del idioma.

Durante el verano pudimos disfrutar de las playas del Maresme, con esa arena de tamaño perfecto que no se queda pegada a tu toalla durante semanas, como las playas al sur de Barcelona, ni con piedras que te golpean los tobillos con las olas, como las playas más al norte. Tampoco tuvimos que sufrir con que la policía nos viniese a sacar del agua, como en Taiwán. Las playas están para disfrutarlas. Pasar el verano en Barcelona, después de tantos años, fue genial. Incluso cogimos un par de pulpos con la mano. Luego los dejamos ir.

Mi mujer llegó en octubre, por fin. La burocracia, que explicaré en otro momento, dio sus frutos. Poco a poco mi nueva vida iba tomando forma. En noviembre nos mudamos a Badalona.

En Navidades pude reunirme con casi toda mi familia, fueron unas Navidades fantásticas. Qué difícil cocinar escudella i carn d’olla en Taiwán. Todos estos años he hecho lo posible para que mis hijos pasen unas Navidades lo más parecidas posibles a cuando las pasábamos en Barcelona. No es sólo la comida de Navidad estando nosotros tres solos. Es también no ir al pueblo a comer con mi padre por Sant Esteve, que nadie sepa lo de las 12 uvas en fin de año, no celebrar el cumpleaños de mis hermanos con ellos, que ninguno de esos días sea festivo y que nadie sepa quiénes son los Reyes Magos de Oriente.
Todos estos años he hecho lo que he podido: la Navidad, las uvas y Reyes. Pero nada puede compararse a estar en casa y hacer las cosas bien, con tu familia.
En el extranjero te vas deshaciendo, te erosiona el alma.

2025: Badalona, Barcelona. Uno más.

Han pasado ya más de nueve meses desde que volví. Este año ha empezado de la mejor manera posible: aumentando la familia. Cuando eres feliz es difícil imaginarse que se puede ser aún más feliz, pero aún y así la vida te sorprende. Qué curioso que el llanto de un bebé pueda iluminar a toda la familia.

Yo soy de Barcelona pero ninguno de mis hijos ha nacido en la ciudad; han nacido cerca, sí, pero no en Barcelona. Ahora en Badalona vivimos cerca de la playa, como a mi me gusta, y cerca del metro. Es casi como vivir en Barcelona. Salgo del metro en Passeig de Gracia y camino hasta el metro de Plaza Cataluña, me quedo maravillado igual que como cuando llegué. A veces, al pasar por delante de algún detalle especialmente bello, y hay muchos, les digo a mis hijos mayores que miren esto o aquello y ellos me dicen «papá, nosotros llegamos un año antes que tú, ya estamos acostumbrados». Quizás dentro de un tiempo yo también me acostumbre a la belleza de la ciudad y camine sin inmutarme, sin maravillarme. Ahora mismo no me lo imagino. Aún recuerdo llegar a casa en Tainan, después de trabajar, y ver subir las cucarachas por la pared delante de mi mientras aparcaba la moto en la calle. Evidentemente no estoy ciego. Veo que muchas cosas en Barcelona han ido a peor desde el 2019, de esto hablaré en otro momento, pero aún y así el cambio de Tainan a Barcelona ha sido abismal. Supongo que los que vuelven desde Suiza tendrán una experiencia diferente.

Vivir en el extranjero una temporada se ve siempre como algo positivo. Pero llega un momento en que esa «temporada» es demasiado y se convierte en una losa que te aplasta. Especialmente cuando no es la primera vez ni el primer país.

Qué feliz de estar de vuelta en casa otra vez. Sigo en una nube y no me voy a ir a ningún otro sitio.


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